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¿La moralidad nos guía o limita nuestra felicidad?

  • Foto del escritor: JUAN CARLOS  REZA BAZAN
    JUAN CARLOS REZA BAZAN
  • 9 dic 2025
  • 2 min de lectura

Actualizado: 11 dic 2025


La moralidad suele asumirse como una brújula para convivir, pero muchas veces funciona más como un freno que como una guía. Para iniciar esta reflexión conviene retomar una distinción necesaria: la diferencia entre ética y moral.


En la Terapia Gestalt, y particularmente en la obra de Robine, el contacto es el núcleo de la experiencia. Desde esta perspectiva, la ética puede entenderse como una forma de orientar el contacto con el entorno: un marco que sostiene la consideración por la existencia del otro y permite que el campo se organice de manera más habitable. Es un límite funcional que favorece el encuentro. Robine plantea que el self —al ser un proceso— siempre se constituye en relación con el ambiente; por ello, una ética del contacto es aquella que respeta la presencia del otro sin cortar el flujo del propio despliegue.


La moral, en cambio, puede convertirse en una interrupción del contacto. No surge de la experiencia viva, sino de mandatos heredados, hegemónicos, que operan como figuras rígidas en el campo. Robine describe cómo ciertas figuras sociales pueden llegar a dominar el proceso de contacto y restringirlo, provocando ajustes creativos que ya no son creativos, sino repetitivos y alienantes. La moralidad funciona así: como una figura impuesta que nos obliga a acomodarnos para “ser buenos”, “ser correctos” o “encajar”, incluso cuando ese acomodo atenta contra nuestra vitalidad.


La moral actúa como un juez interior que sostiene la conformidad antes que la autenticidad. Y cuando esa regulación no proviene del contacto real sino del peso de las “buenas costumbres”, se vuelve una forma de auto-represión que limita el placer, la espontaneidad y la actualización del self.


Desde esta mirada, la felicidad no radica en obedecer mandatos morales, sino en habitar una ética del contacto: una forma de estar en el mundo donde me relaciono con respeto y consideración, pero sin someterme a reglas hegemónicas que cortan la creatividad de estar vivo.


El bienestar surge cuando el self puede desplegarse en un campo que no lo captura, sino que lo acompaña. Una ética del respeto construye ese campo. Una moral autoritaria lo clausura.


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