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La presencia del terapeuta: mucho más que estar ahí

  • Foto del escritor: JUAN CARLOS  REZA BAZAN
    JUAN CARLOS REZA BAZAN
  • 5 ago
  • 3 min de lectura

Con frecuencia se dice que un buen terapeuta sabe escuchar. Sin embargo, la presencia terapéutica va mucho más allá de una escucha atenta. Es una forma particular de habitar el encuentro con el otro.


Un terapeuta presente no solo escucha las palabras del paciente; escucha su experiencia. Percibe aquello que emerge en el silencio, en la respiración, en la postura corporal, en el tono de la voz, en la manera en que la persona se relaciona consigo misma y con quien la acompaña. También permanece atento a lo que ocurre en sí mismo, porque sabe que el encuentro terapéutico es una experiencia compartida.


La presencia no consiste en hacer más. Consiste en estar de una manera diferente. Cuando un terapeuta logra ofrecer esa presencia, crea un espacio relacional donde la persona puede acercarse a su experiencia sin sentirse invadida, juzgada o abandonada. Es un lugar donde el contacto puede darse con suficiente seguridad para explorar aquello que antes resultaba insoportable. En la Terapia Gestalt (TG) llamamos a este espacio una frontera de contacto fértil.


En ese encuentro comienza a suceder algo profundamente humano: la persona empieza a darse cuenta de lo que realmente está viviendo. Lo que antes era confuso adquiere forma; lo que permanecía difuso comienza a tener significado. Ese proceso de darse cuenta es lo que la TG denomina awareness.


La presencia del terapeuta no elimina el sufrimiento. Lo hace comprensible. Tampoco ofrece respuestas prefabricadas. Más bien acompaña a la persona a descubrir respuestas que antes permanecían ocultas por el miedo, la ansiedad, la culpa o las formas habituales de interrumpir el contacto consigo misma y con el mundo.


Cuando esto ocurre, aparecen posibilidades nuevas. La persona deja de responder únicamente desde patrones automáticos y comienza a encontrar formas diferentes de relacionarse con la situación que enfrenta. En TG hablamos entonces de un ajuste creativo: la capacidad de responder de manera novedosa y suficientemente adecuada a las necesidades del momento presente.


Quizá uno de los aspectos menos explorados de la presencia terapéutica sea que, en ocasiones, el terapeuta presta temporalmente funciones que el paciente, por el momento, no logra sostener por sí mismo.


Cuando una persona se encuentra completamente desbordada, elegir puede parecer imposible. El terapeuta no decide por ella, pero sostiene un espacio donde poco a poco vuelve a ser posible discriminar alternativas, reconocer recursos y recuperar la capacidad de decidir. Esta es una forma de favorecer la función yo.


En otras ocasiones, el paciente vive una experiencia interna tan confusa que le resulta difícil organizar quién es, qué siente o qué necesita. A través del diálogo, la presencia y el reconocimiento de la experiencia, el terapeuta facilita que la persona reorganice el significado de sí misma. Este proceso fortalece la función personalidad.


También sucede que las necesidades aparecen mezcladas con miedo, culpa o exigencias externas, hasta el punto de que la persona deja de reconocer qué necesita realmente. La presencia terapéutica ayuda a distinguir esas necesidades emergentes para que puedan orientarse hacia una satisfacción más auténtica. Esto favorece la claridad de la función ello. En ningún momento el terapeuta sustituye al paciente.


Su presencia no busca ocupar el lugar del otro, sino ofrecer las condiciones necesarias para que aquello que hoy necesita ser sostenido desde la relación pueda, con el tiempo, ser recuperado por la propia persona.


Por eso la presencia no es una técnica ni una intervención específica. Es una cualidad del encuentro. Es una manera de mirar sin reducir al otro a un diagnóstico. De escuchar sin anticipar respuestas. De acompañar sin invadir. De sostener sin controlar.


Quizá por eso muchos pacientes, al finalizar un proceso terapéutico, no recuerdan una interpretación brillante ni una técnica en particular. Lo que permanece en la memoria es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: “Aquí pude ser yo sin sentirme juzgado.”


Y tal vez esa sea una de las mayores expresiones de la presencia terapéutica: ofrecer una relación donde el Self pueda reorganizarse, el contacto vuelva a ser posible y el sufrimiento encuentre caminos distintos para transformarse. Porque, al final, la presencia del terapeuta no cambia la vida del paciente. Lo que hace es crear las condiciones para que el paciente pueda volver a encontrarse consigo mismo.


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