Todo comenzó con un nombre
- JUAN CARLOS REZA BAZAN

- 6 ago
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Nunca he conocido a un niño que nazca sabiendo de qué color debe pintar el cielo. Lo pinta verde, naranja o morado. A veces mezcla todos los colores hasta que el dibujo deja de parecerse al mundo y comienza a parecerse a su imaginación. Nadie se preocupa demasiado por esa libertad. Sonreímos. Decimos que los niños son creativos.
Con el tiempo ocurre algo curioso. Dejamos de enseñar colores y comenzamos a enseñar nombres. Aprendemos qué significa ser hombre. Qué significa ser mujer. Qué significa tener éxito. Qué significa fracasar. Qué significa ser fuerte. Qué significa ser sensible. Sin advertirlo, pasamos de descubrir el mundo a aprender cómo debe ser habitado.
No recuerdo el momento exacto en que ese cambio ocurre. Tal vez nadie lo recuerda. Lo único evidente es que, poco a poco, dejamos de preguntarnos quiénes estamos llegando a ser y comenzamos a preguntarnos si somos aquello que se esperaba de nosotros. No creo que el problema sean los nombres.
Nombrar es una de las formas más antiguas de comprender. Ningún conocimiento sería posible sin distinguir una cosa de otra. Las palabras nos orientan. Nos permiten compartir experiencias, construir ciencia, contar historias y reconocer aquello que, de otro modo, permanecería confuso. Los nombres son necesarios.
Mi inquietud comienza cuando olvidamos que fueron creados para orientarnos y empezamos a vivir como si hubieran sido creados para definirnos.
Hay una diferencia enorme entre decir "esto me ayuda a comprender" y decir "esto decide quién soy". Esa diferencia parece pequeña. No lo es.
Es el lugar donde una herramienta puede convertirse en una prisión. Pienso en el patriarcado desde ahí.
Durante mucho tiempo ha sido descrito como un sistema de poder, y hay razones suficientes para comprenderlo de esa manera. Sin embargo, hay algo que me inquieta incluso antes de preguntarme quién fue favorecido o quién fue excluido.
Me pregunto qué ocurre con una sociedad cuando comienza a enseñar a sus hijos quiénes deben ser antes de descubrir quiénes podrían llegar a ser.
Algunos hombres aprendieron que el reconocimiento exigía esconder partes enteras de sí mismos. La ternura debía parecer debilidad. El miedo debía disfrazarse de valentía. Pedir ayuda era un riesgo para la identidad. Llorar solo estaba permitido bajo determinadas circunstancias.
Muchas mujeres aprendieron otra lección. Que cuidar era una obligación antes que una elección. Que la fortaleza debía expresarse con discreción para no incomodar. Que el reconocimiento de los otros podía llegar a ser más importante que el encuentro consigo mismas.
No creo que ambas experiencias sean equivalentes. Sería injusto afirmarlo. Pero sí sospecho que ambas nacen de una misma operación: convertir una diferencia en un destino. Y cuando una diferencia se convierte en destino, algo del ser humano deja de crecer. No desaparece. Permanece. Espera. Como esperan las semillas bajo la tierra durante una temporada que no eligieron.
Quizá por eso la Terapia Gestalt me resulta una forma tan profundamente humana de comprender la experiencia. No porque proponga vivir sin categorías. Eso sería imposible. Sino porque insiste, una y otra vez, en regresar al encuentro vivo con la experiencia antes de creer que una definición la ha agotado.
Un diagnóstico puede orientar. Una teoría puede iluminar. Una identidad puede ofrecer pertenencia. Pero ninguna de ellas alcanza para contener completamente a una persona. Siempre queda algo que desborda. Algo que todavía no tiene nombre. Y, tal vez, sea precisamente ahí donde comienza la libertad.
A veces me pregunto cuántas vocaciones nunca llegaron a existir porque alguien aprendió demasiado pronto que "eso no era para él". Cuántas mujeres dejaron de estudiar aquello que amaban. Cuántos hombres renunciaron a la posibilidad de cuidar sin vergüenza. Cuántos artistas terminaron convertidos en administradores de una vida correcta. Cuántas conversaciones nunca ocurrieron porque una palabra llegó antes que la curiosidad.
No tengo manera de responder esas preguntas. Y quizá no deba hacerlo. Hay preguntas cuya función no es encontrar una respuesta, sino impedir que dejemos de mirar. Tal vez un mundo verdaderamente humano no sea aquel donde desaparezcan las diferencias.
Las diferencias hacen posible el encuentro. Lo que imagino es algo más difícil. Un mundo donde ninguna diferencia tenga el poder de decidir, por sí sola, el tamaño de una existencia.
Donde los nombres vuelvan a ocupar el lugar para el que fueron creados: ayudarnos a orientarnos, nunca reemplazar el misterio de quien tenemos delante. Porque el día en que confundimos el nombre con la persona dejamos de mirar.
Y quizá toda forma de violencia comience exactamente ahí. El día en que dejamos de encontrarnos con un ser humano y empezamos a relacionarnos únicamente con la idea que habíamos construido sobre él.




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